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Hombres con cuento HOMBRES CON CUENTO - REFERENCIAS CRÍTICAS


L  O  S      M  A  C  H  O  S      C  U  E  N  T  A  N

                                                                  P o r   R a m i r o   R i v a s

Esta nueva antología de narradores chilenos, Hombres con cuento (Simplemente Editores, Santiago 2012, 366 páginas), viene a completar el ciclo programático de reunir el máximo de cuentistas hombres y mujeres en dos tomos significativos para las letras chilenas. El libro anterior, Las mujeres cuentan, incluía a las autoras más representativas de la escena nacional. Esta vez les corresponde a los hombres. La compilación reúne a veintiocho cuentistas de las más variadas épocas. Desde autores de la generación del 38, como José Miguel Varas y Flanklin Quevedo, a escritores del 60 ( Antonio Skármeta, Poli Délano, Fernando Jerez, Ariel Dorfman, Francisco Rivas, Guido Eytel, Antonio Rojas Gómez o Leandro Urbina, entre otros), pasando por narradores del 80 ( Darío Oses, Mihovilovich, Roberto Rivera, Carlos Iturra, Faunes, Diego Muñoz Valenzuela), para finalizar con el aporte de los más jóvenes, nacidos alrededor de la década del 70, algunos con más recorrido ( Marcelo Simonetti, Max Valdés, Roberto Fuentes) y otros definitivamente desconocidos en el panorama nacional.

La recopilación, realizada por Max Valdés, se efectuó solicitando a cada escritor el envío de un cuento a su elección, lo que en mi opinión, como ya ha sucedido en otras oportunidades, no es el método más adecuado, puesto que los escritores recurren a veces a textos que han desclasificado de otros tomos publicados o relatos que por una u otra razón han mantenido inéditos, o simplemente porque esa obra les origina un recuerdo sentimental. Me parece que lo más apropiado en estos casos corresponde a que el antologador seleccione con el máximo rigor y ecuanimidad el texto merecedor a ser incluido en un tomo tan heterogéneo en participantes como éste. Insisto en este punto porque resulta muy dificultoso y arriesgado confrontar el cuento de un joven incipiente en las letras, con un Premio Nacional de Literatura como José Miguel Varas o de consumados narradores como Skármeta, Jerez, Délano o Dorfman. La intención no deja de ser loable, pero los resultados no siempre están a la altura de las intenciones.

Porque si tomamos como ejemplo el cuento Ángel, de Aníbal Ricci (1968), un texto de anécdota trivial, lenguaje primario y desenlace previsible desde los primeros párrafos; o Gianfranco Rolleri (1976), con La Indemnización, un relato inverosímil, poco creíble, de fácil recurso de cierre, nos dejan la sensación que estas obras no están a la altura de los consagrados. Algo similar ocurre con Diego Muñoz González y Roberto Fuentes, este último con mayor recorrido editorial y algunos premios importantes, pero que esta vez falló en la elección del cuento. De entre los nuevos destacaría a Rodrigo Díaz (1977), con Noelia y el loco del violonchelo, un texto con atmósfera, una escritura personal y un buen tratamiento de los personajes. Lo mismo se puede decir de Jorge Carrasco (1964) y su cuento Nos esperaba el viento, que nos ofrece un contundente trabajo de mucho oficio. Se aprecia el eficaz manejo sicológico entre padre e hijo, la cuidada escritura y la moderada fluidez en la progresión narrativa que augura a un escritor con gran futuro.

Otro punto a destacar en esta antología, es el empleo de técnicas modernas en el cuento, que en esta oportunidad aplican indistintamente jóvenes y consagrados. Desde hace algún tiempo, los escritores han abusado de la ambigüedad, los finales abiertos, las incertidumbres no resueltas, dejando al lector el papel de constructor, de armador de esas carencias, de lector cómplice, como lo denominaba Cortázar, capaz de completar esos vacíos y reelaborar lo no expresado, lo oculto. Nos referimos a la famosa teoría del iceberg de Hemingway, que afirmaba que se ve sólo una parte del texto y se oculta lo más interesante. Cuando los escritores poseen el oficio adecuado, los relatos cumplen ese objetivo. Pero no siempre sucede en esta muestra. Piglia hablaba que en todo cuento existen dos historias: “Lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con sobreentendido y la alusión”. Explicitando que “un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”. Por lo tanto se debe tener la destreza y la inteligencia para lograr que esa historia contada en forma ambigua ofrezca un desenlace enigmático, pero creíble y lo suficientemente esclarecedor para que el lector los pueda percibir o intuir a lo largo de la lectura.

Todo esto viene a cuento debido a que muchas de estas historias están escritas bajo esos parámetros expresivos. Entre ellos Estación de tránsito , de Francisco Rivas, Los viajes del lunes, de Omar Saavedra, Adelante, entre sin golpear, de Fernando Jerez, o In extremis, de Juan Mihovilovich, son buenas muestras de relatos bien logrados en esta modalidad. En un estilo más claro y transparente, la narración Sonata de Avenida Matta, de José Miguel Varas, es un excelente ejemplo de chilenidad, humor y picardía, hábilmente desarrollado de punta a cabo. Hombre con el clavel en la boca, de Skármeta, es otro hermoso ejemplo de perfección narrativa. La elaboración de los personajes, el trasfondo político en sordina (el fin del fascismo en Portugal), la armonía y verosimilitud de la anécdota, nos transportan a esa brillante época de cuentista de este premiado autor. Dorfman aporta un extenso texto, Volando bajo, circunscrito a la época oscura de la dictadura chilena. La delación, la traición entre colegas y la valentía de unos pocos, retratan un tiempo nefasto que no debemos olvidar ni perdonar. Darío Oses, en cambio, nos ofrece el humor desopilante de El beso infinito, un cuento articulado con la maestría que le es característica. A su vez, Carlos Iturra nos transporta a los lejanos años de la Inquisición española, un dramático relato estructurado mediante un estilo acorde con la época y una escritura de excepción. Poli Délano, con la soltura habitual, recrea el drama de una muchacha de provincia en la capital. Rolando Rojo sitúa a sus personajes en un Buenos Aires inhóspito, en donde dos exiliados chilenos tratan de sobrevivir dificultosamente. Miguel de Loyola incursiona en la tragedia de un almacenero de barrio que ve truncada sus expectativas comerciales y de vida ante el avance de la modernidad. En fin, una antología dispar, con autores de reconocida trayectoria literaria y jóvenes narradores emergentes que reclaman un lugar en esta dura lucha por darse a conocer.

                                                                                                    R.R.R.
( 24/07/2012 )
Fuente: Revista Punto Final

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