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portada El ladrón de cerezas - Referecias críticas

EL ORIGEN DEL MAL CRITICA LITERARIA a El ladrón de cerezas de Max Valdés Avilés

PATRICIA ESPINOSA
LUN, VIERNES 4 DE ENERO DE 2013

Es común ligar la infancia con la pureza y la inocencia, un estado asociado al mito del paraíso, donde predominan el equilibrio y la armonía. Una torsión al mito de una infancia feliz en El ladrón de cerezas, una novela sobre la niñez como un lugar ajeno a la felicidad, en el que todo resulta turbio, perverso, sin atisbo de tiempo maravilloso donde pueda descansar el protagonista, un particular niño con características psicóticas.

Este libro de Max Valdés Avilés explora el proceso de formación de Ramiro Aldea, un niño y luego adolescente desvinculado de la imagen que proyecta, que no es otra que la de un ser extraño, raro, que parece indiferente al entorno y emocionalmente ajeno a los terremotos familiares en los que está inserto. Sin embargo, interiormente es un personaje torturado, siempre alerta, imbuido de rabia y rencor. Su pasividad es solo aparente, porque logra adentrase en el trasfondo de violencia y traición de su familia.

Un narrador adulto, el propio Ramiro cercano ya a los cincuenta años, rememora su infancia mediante un habla que no demuestra mayor distancia respecto al niño que fue. Más bien, el Ramiro de los ochenta y el del presente son exactamente iguales; pequeños detalles lo muestran interactuando con los otros de la misma manera fría y distante que en el pasado.

La madre de Ramiro muere tempranamente, y el padre, un tipo violento y desagradable, se encarga de reemplazarla de inmediato. El niño observa su contexto con una mirada trágica y decadentista, intensificando su repulsión hacia el padre y la madrastra, volviéndose insensible al dolor de los que lo rodean. Es entonces cuando surge el Ramiro psycho, el niño que arma una pequeña sala de torturas en el sótano, que desprecia a las mujeres, que intoxica a la reemplazante de su madre, traiciona a su mejor amigo y planifica acabar con todo. La perspectiva que Max Valdés propone resulta muy seductora: presentarnos a un niño aprisionado en su rol menor, dependiente, sometido, como sucede en cualquier niño, pero que en este caso tiende a reaccionar como un adulto.

Un aspecto a destacar estilísticamente es la propensión del narrador a detallar desde un punto de vista repulsivo no sólo las formas de descomposición del cuerpo humano, sino también la sexualidad e incluso el embarazo.

El proceso por medio del cual un niño común se convierte en un ser perverso es la provechosa veta que explora Max Valdés Avilés en esta novela que se entromete en el lado más tortuoso de la infancia, logrando con ello configurar una valiosa mirada en torno al origen del mal.

EL LADRÓN DE CEREZAS
MAX VALDÉS AVILÉS
SIMPLEMENTE EDITORES, 2012 136 PÁGINAS

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A propósito de la publicación dela novela El ladrón de cerezas.
LA FAMILIA EN LA NARRATIVA DE MAX VALDÉS.
Crítica literaria de Ramiro Rivas,
Revista Punto Final, N° 773, 18 diciembre 2012

La novela desarrollada a partir del interior de una familia no es algo nuevo en la literatura chilena, si consideramos que Martín Rivas, de Blest Gana, se publicó en 1861 y Un idilio nuevo, de Orrego Luco, en 1900. Dos clásicos en nuestra historia literaria. Pero quien patentaría esta nueva corriente sería José Donoso con Coronación, que reinstala y revitaliza el concepto de familia “descorriendo el tupido velo”, metáfora o expresión personal para refleja su trabajo de investigación y esclarecimiento de las conductas ocultas de las familias burguesas, exponiendo sus interioridades y bajezas.
Esta nueva visión realista de la novela de familia ha tenido muchos seguidores jóvenes –y no tanto-, que han enriquecido nuestra narrativa y le han otorgado aires renovadores. Entre ellos hay que destacar a Max Valdés Avilés (1963), que con su novela Manuscrito sobre la oscuridad (2011) da inicio a una trilogía sobre el tema. Ahora nos presenta El ladrón de cerezas (Simplemente Editores, 2012, 136  páginas).
El mundo narrativo de este autor se centra  y articula en el espacio cerrado e íntimo de un grupo de personas que deben lidiar constantemente por imponer sus puntos de vista, ocultar el pasado o reivindicar personajes fallecidos que,  de una u otra manera, constituyen la historia familiar.
Escenario visto desde la perspectiva de la infancia y adolescencia,  periodo vital en la formación o indefinición de la personalidad del protagonista narrador. Existe una carencia de amor entre estos seres desgarrados y egoístas. Son vidas vulneradas que el autor interpela y enfrenta, rastreando en sus personalidades disímiles  e irreconciliables.
Texto alejado de la frivolidad observable en parte importante de la narrativa actual, más preocupada de impactar y entretener al lector que de recrear mundos interiores y realidades individuales, en sus contenidos es perceptible la oposición dialéctica de dos núcleos significativos: el mundo de la infancia y el mundo adulto.
Todo conjugado en una escritura convincente y provocadora.
Estructurada como una novela formativa, el personaje protagónico, Ramiro Aldea, sólo puede lograr su heroicidad, su libertad existencial, mediante su apertura hacia el otro. La incomunicación, el rechazo del entorno, el acoso de sus compañeros de clase, la indiferencia de un padre ausente y cruel, las madres sustitutas que no logran igualarse al amor de su madre verdadera, constituyen un pequeño cosmos oprobioso y letal para la conformación de una personalidad infantil en proceso evolutivo.
La novela formativa o de aprendizaje, denominada Bildungsroman por los teóricos de la literatura, especifica que el desarrollo anecdótico debe sustentarse en un héroe juvenil y sus primeras experiencias en el mundo de los adultos, “que va del desconocimiento y la pasividad, al conocimiento y a la acción”. Es una trayectoria plagada de dudas, derrotas y logros, de un adolescente que se forma y adquiere experiencia y aprendizaje  en los avatares de la vida diaria. Ramiro Aldea, el joven protagonista que nos cuenta este tramo de su vida, debe recorrer ese camino lleno de obstáculos desde un hogar disfuncional –prematuramente huérfano de madre y con un padre ausente y libertino-,  al mundo exterior ajeno y ominoso. Todo esto bajo un régimen de terror, en una década que va de los años setenta a inicios de los ochenta, etapa que la literatura chilena ha catalogado como “narrativa del aislamiento y la orfandad de una generación”.
Max Valdés Avilés podría haber sido un alumno aventajado de José Donoso si hubiese integrado sus talleres literarios, de donde nació gran parte de la nueva narrativa chilena de la generación del ochenta. Pero su formación es ajena a esos grupos, no obstante la aproximación escritural de una novelística  en donde el mundo interior de los personajes jugaba un lugar preponderante, signado por el entorno social y político.
En los textos de Valdés también la dictadura funciona como telón de fondo, marcando presencia, interviniendo y alterando la existencia y convivencia de las familias, enfrentándolas o uniéndolas  en un medio coercitivo y peligroso.
Esta novela formativa se sustenta en la voz narrativa de Ramiro Aldea, un niño tímido, introvertido, cuyo espacio familiar se transforma en un mundo extraño y destructivo. Una vez rota la relación con su único amigo, el turco Saadi –despreciado por su padre y sus eventuales parejas-, comienza a experimentar un vacío existencial, confabulando extraños ritos en las profundidades de un sótano desconocido por el resto de los habitantes del hogar. Lugar secreto solo compartido con su madre, ahora fallecida. Punto crucial que simbolizará el infierno o la salvación en su existencia frágil y culposa.
Atomizado círculo narrativo que sorprende al lector y otorga un final ambiguo y despiadado.
Max Valdés Avilés con esta nueva novela se consolida como un escritor que ya dejó de ser una promesa y nos puede deparar obras significativas en la escena literaria nacional.