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Portada El asombro- Referencias críticas

 Álvaro Mesa Latorre: ¿Quo Vadis Mihovilovich?

 

Hay allí una luz escondida. Un ser tratando de ser sujeto. Un sujeto intentando ser hombre. Un hombre explorando, para entender qué es ser humano(al modo de Foucault, de Maturana, de Levinas). En una milésima de segundo o quizás menos, se produce una reflexión. Se inicia un viaje. Una expedición a uno mismo, al que quiso ser, al pasado, a las alturas, al infierno, al cielo que no se deja ver, a la niñez, al silencio, al lugar de los lamentos, a la animalidad, a la bestialidad, a las alegrías vividas, a los colores, al agua, a la musicalidad, al interior de las palabras, a la magia de ver el vuelo de las aves, a la fragancia de la libertad del pensamiento.

Una peregrinación sobre las palabras y la sanación. Una travesía a la resurrección. En fin, un viaje al centro mismo del hombre.

Abramos ahora esta otra ventana. El crítico chileno José Promis expresa, que al leer una novela se ofrece una propuesta sobre la realidad llevada a cabo desde el discurso imaginario, es decir, un relato donde no se ignoran problemas actuales, ni tampoco se elude la crítica social inmediata, pero cuya arquitectura obedece al concepto de ficción. Para él la novela es la representación ficticia de una realidad factual. Precisa que el concepto de literatura puede ser usado como un vehículo de viaje. En otra línea, el escritor mexicano Álvaro Enrigue citando a Michel de Certeau, agrega que la escritura se plantea como una investigación y punto; no usa ni siquiera la palabra libro, hay que olvidarse del género. Enrigue acota que la novela es un juguete, no le interesa el orden lineal y le divierte escribir en el borde, en que una novela puede dejar de ser una novela, en cualquier momento. Por su lado el autor Irlandés Colm Tóibín blasona que entre las palabras hay un silencio y dentro del silencio hay algo más. Es como mirar una foto o un cuadro. Si los contemplas una y otra vez siempre descubres que hay algo escondido. Lo mismo pasa con la Literatura. Completando lo anterior Mercè Rodoreda, expresó en su momento que una novela se hace con una gran cantidad de intuiciones, con una cierta cantidad de imponderables, con agonías y con resurrecciones del alma, con exaltaciones, con desengaños, con reservas de memoria involuntaria... toda una alquimia. Una novela es, también, un acto mágico. Refleja lo que el autor lleva dentro, sin que casi sepa que va tan cargado de lastre. Otros autores han manifestado que no puede hablarse ni de decadencia ni de término de la novela. Tampoco puede sostenerse que la narrativa actual carezca de forma, ya que en toda obra tendrá que haber, necesariamente, cuidadosos procedimientos constructivos. La verdad es que la novela cambia de formas, pero no las pierde. La novela seguirá existiendo bajo una forma renovada.

Sobre lo anterior, Mihovilovich navega desde el discurso imaginario, pero no elude la crítica social inmediata. Al contrario, la embiste una y otra vez con diversas armas. El autor de Asombro va más allá de Enrigue; está en la cornisa, pues a medida que nos adentramos en su viaje hace y deshace la novela. Nos invita, como lo describe Tóibín, a contemplar la belleza de las palabras. En ellas hay multitudes escondidas. Esa es una de las maestrías del autor del libro que comentamos. En la obra hay lluvias y erupciones de intuiciones, de imponderables, de agonías y resurrecciones del alma. El puntarenense tiene gran oficio, pues en realidad nos hace transitar por todos los géneros literarios. Al inicio del libro la denomina novela, pero es simplemente un acto mágico de creación, una afirmación de que el hombre existe, que más que sobrevivir, se puede convivir.

Subamos ahora otra escalera. El novelista de Puerto Cisnes, vuelve a la carga con todo ímpetu, con la técnica literaria que domina con excelencia, como es el Monólogo (corriente de la conciencia, flujo de conciencia). Así lo hizo con acierto en sus obras, El Contagio de la Locura (Lom Ediciones, 2006); Desencierro (Lom Ediciones 2008) y Grados de Referencia (Lom Ediciones 2011).Precisemos que el Monólogo es un tipo de recurso utilizado por la mayor parte de los géneros literarios. Un sujeto reflexiona expresando sus sentimientos, ideas y emociones al público. El monólogo puede constituir una parte de una obra o bien la obra completa. El novelista penetra en la conciencia del personaje, la expone ante nosotros, nos crea la sensación de que no existen intermediarios entre nosotros, lectores, y esa conciencia que se desarrolla en su mezcla desordenada y confusa de fantasías, recuerdos, sueños, pensamientos, emociones, juicios que van surgiendo sin que el escritor los ordene, sin que explique nada. El narrador se convierte en un investigador que pretende hacer una exploración psicológica del pensamiento humano. El autor del Asombro -qué duda cabe- lo realiza muy bien. Puntualizar que en la literatura del Reino Unido se distingue entre el stream of consciousness, que corresponde a la materia prima como el fenómeno psíquico propiamente dicho y, el monólogo interior, que corresponde a la formulación textual de éste, ya sea de una manera más desordenada, sin respetar la morfología y la sintaxis, ya sea de una manera más coherente y cohesionada. La verdad es que el autor del libro que se comenta, combina con clase ambos conceptos.

Detengámonos observando un río. La apuesta literaria del viaje entonces, ya como introspección, como investigación, como caída libre, como levitación, está muy bien lograda. Ya entonces no se habla de monólogo interior, ni de stream of consciousness. La obra es una ciudad del monólogo, del meta y del micromonólogo. Del tácito y expreso monólogo. Es el aporte chileno al concepto de monólogo, con todos sus matices, gritos y coloridos. Todos los personajes se nos hacen más verdaderos y complejos. En todo caso el gran protagonista es el propio lenguaje, que se brinca, se zambulle y vuela por todo el mundo que crea Mihovilovich.

Demos la vuelta en esta esquina. El autor también nos recuerda a Jorge Manrique (1440-1479) Coplas a la muerte de mi padre. Recuerde el alma dormida, /avive el seso e despierte /contemplando /cómo se pasa la vida, /cómo se viene la muerte /tan callando; /Nuestras vidas son los ríos /que van a dar en la mar, / que es el morir. El Cureptano en sus conversaciones de vida y muerte no sólo abraza el mar sino que quiere ser el agua, el océano.

Llegando a otra colina, Mihovilovich nos trae a otro amigo. Juan Rulfo (1918- 1986), quien en su obra Pedro Páramo, Juan Preciado viaja a Comala, un pueblo en Jalisco, en busca de su padre. Muere allí, y luego sigue la “vida” (o bien la muerte) como un fantasma. Consciente que es fantasma, sigue en busca de su padre. El autor del Asombro, nos describe otra Comala, otro Juan Preciado. Lo telúrico, es un feroz fantasma que cada cierto tiempo nos despoja de nuestra vivencia y nos lanza al suelo de la realidad. Allí lo vivo es muerto y lo muerto algunas veces es resurrección. ¿Qué encuentra en su peregrinación Mihovilovich? Es una invitación a la lectura de la obra.

Finalmente, ¿Quo vadis Mihovilovich? (Roman vado iterom crucifigi). Ya no vuelve a Roma para ser nuevamente crucificado. El autor, como en todas sus anteriores creaciones, regresa con absoluta convicción y certeza, una y otra vez - no importando qué viaje deba recorrer o qué dificultades pasar- a rescatar y comprender al hombre; a insuflarle la palabra, el lenguaje de lo humano, de la libertad, y librarlo de las cadenas del mundo contemporáneo que lo asfixian. Y aquello lo hace con una prosa a la que –como un orfebre- le agrega todo su oficio, la pule, la madura, la hace más rica y diversa. Todo lo anterior puede apreciarse en lo antes expuesto.

Temuco - verano del 2014.

Fotografía de Héctor Martínez Díaz.

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He terminado su novela "El Asombro" y le comentaba a otras personas que me ha gustado mucho. Creo que vuelve a los textos suyos que con más placer he leído... Sus cuentos, su primera novela... Como le dije anteriormente, me recuerda  la novela "La carretera" de Cormac McCarthy, aunque la suya quizás está complementada por un diálogo interior más permanente y sistemático. En ambas novelas, los protagonistas se ven enfrentados a un mundo apocalíptico, y persisten en reconocer los vestigios de lo que alguna vez fue, en ellos mismos, y en el mundo que conocieron. También se ven enfrentados a nuevos fantasmas, nuevas amenazas, al miedo germinal que acecha al hombre, como diría Lovecraft.
            En esa misión esperanzada y desesperanzada los acompaña, en el caso de McCarthy, un niño. En el suyo, un Labrador, que representa la inocencia, la fidelidad, el amor por sobre el desastre y la calamidad. Ese mundo que agoniza, y que a lo mejor es una metáfora de lo que vivimos y de lo que es la vida en su sustancia más profunda, encuentra al protagonista en una soledad, que es prácticamente absoluta. A lo mejor la vida, más allá de cualquier contingencia, es eso: un viaje de esperanza ilusoria, a solas con la conciencia, los recuerdos, los fantasmas y con algún ser que rescatamos en la vorágine de aquello que finalmente nos une  a todos... el desamparo.
            Gracias por compartirla con nosotros.
 Me ha hecho reflexionar, me ha emocionado y he recibido con gusto su talento puesto a su mejor nivel.
Es mi humilde impresión.
Un abrazo desde este Concepción, que por algunos días se sumerge en el estío,
 
 Pacián Martínez Muñoz (Coco)

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Sobre El asombro, por Berta Gascón  (Lectora de Linares)

Me pasó con la novela, que mientras leía, esperaba que en cualquier momento  ocurriera  algún contacto concreto con otros seres humanos, como es habitual entre las personas, y que, incluso,  parece hasta placentero compartir las tragedias.
En la descripción de lo que dejó esa catástrofe da la impresión de estar mezclado el presente del  “Hombre” con su  pasado y un futuro  acechado por el miedo. Se menciona varias veces  la oscuridad y figuras fantasmales que aguardan, ese temor que contagia,  está dentro del hombre que se proyecta hacia el medio que lo rodea.
En todo ese caos, es capaz de conectarse con objetos inanimados (la silla), donde evoca a Vangogh  por ejemplo; aquí, fácilmente, puedo  relacionar la belleza y el pincel desordenado del pintor con momentos de claridad en  la narración, los detalles de la naturaleza, “el musgo resbaladizo” que, entre otros,  describe la dificultad de la sobrevivencia. Es una narrativa dinámica, como una película de acción. Caminar sin atajo, sin rumbo, sin destino, el encuentro con el hambre, el frío, el asco y la carne putrefacta.
Más adelante, el “Hombre” se va conectando con situaciones bellas;  una se puede imaginar la playa, sentir los rayos del sol, la descripción está tan bien detallada que la lectura se hace real.
 La relación del “perro” con el “hombre” está tan hermosamente descrita… “Esa noche durmieron bajo el puente; apretujados, como siameses de reinos distintos…”
El hombre comienza a visualizar a seres diferentes a lo descrito anteriormente;  los delfines, los Niños Down, con ellos sí se contactan, en este plano o quizás en otros.
 Hombre, perro, delfines, Down, todos seres especiales, que conforman, junto al agua,  un mundo distinto, que siendo de aquí, al mismo tiempo no lo es.
Finalmente, el perro que tiene un nombre especial, único y nombrado una sola vez, como si ese nombre hubiese sido elegido por medio de una premonición;  un perro que enfrentaría junto al hombre, la transformación iniciada por un caos.

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Otras referncias críticas (PDF)

Revista Libros, El Mercurio.