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Portada Santos de mi devoción - Referencias crícticas

Comentario de libro
Por Antonio Rojas Gómez

Santos de mi devoción, cuentos, Roberto Rivera Vicencio.
“Santos de mi devoción”, el cuento que da  título al volumen, es un lúcido retrato del arribismo nacional en los albores del siglo veintiuno, así como “La Pachacha”, de Rafael Maluenda, retrató el arribismo en las primeras décadas del siglo veinte. Parece que a pesar de los cambios ocurridos en Chile a lo largo de cien años, los chilenos seguimos siendo los mismos.
Rivera no recurre, como lo hizo Maluenda, a una gallina sin pedigree que es aislada en el gallinero por robustas ponedoras para caricaturizar a la sociedad. Nada de eso. Su personaje es un joven emprendedor empecinado en hacer fortuna, lo que parece un leit motiv en el Chile actual. Pero, como a veces sucede, no hay escrúpulos ni moral de ninguna especie capaz de frenar las ansias de riqueza del protagonista, que lo llevan a cambiar sus apellidos por otros más vinculantes y a inventarse una historia familiar y una parentela inexistente con tal de trepar en la escala social y en la económica.
La historia es cruel, descarnada, sarcástica. Está construida con rara perfección, por etapas bien delimitadas, que el autor llama Proyecto, Presentación y Ejecución. Esta última se divide en cinco etapas, cada una de las cuales va mostrando el proceso que conduce al protagonista a consolidar su plan cuidadosamente elaborado, a partir de la primera frase del relato: “En 1983, a los veintiocho años de edad Eleodoro Rebolledo decidió ser rico(Pág. 23). Y lo fue. Se casó, formó una familia, tuvo hijos. Vivió, en suma, y envejeció. Y en el fondo, muy en el fondo de su éxito objetivo, la subjetividad de su vida auténtica le pasó la cuenta. Pero eso no está dicho, se desprende, como una verdad omnipresente, del relato dinámico, directo, envolvente.
Me he detenido en este relato, que no es el único. Ocho cuentos integran el libro, y abarcan dos áreas temáticas diferentes. Por un lado, el tema económico, el dinero imprescindible que suele transformarse en un fin en  sí mismo más que en un medio para la sobrevivencia. Por otro, el sexo, ese impulso irrefrenable que es la base de sustentación del amor.
Pero el amor no existe en estos cuentos de Roberto Rivera. Y en este aspecto encontramos también un retrato del ser actual, que parece más interesado en la sensualidad que en la sensibilidad, en la sensación efímera por sobre el sentimiento profundo.
Los personajes de estos cuentos difícilmente sorprenderán al lector, porque los encuentra a cada paso en su diaria rutina. La riqueza está en la forma que adquieren las historias, bien armadas, convincentes, no siempre agradables, pero certeras. Un  sólido volumen de cuentos, que muestra la madurez alcanzada por el autor.
Santos de mi devoción
Simplemente Editores, 100 páginas.

Fuente: Revista Occidente

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Santos de mi devoción.
Cuentos, SIMPLEMENTE EDITORES, 2012.
De Roberto Rivera Vicencio
.
. Por Jorge Etcheverry


En este volumen de cuentos del autor Roberto Rivera Vicencio se nos ofrecen diversas facetas del espacio psicológico y social del Chile contemporáneo, preferentemente urbano. Su prosa es de una factura que podríamos calificar sin problemas como realista, pero este realismo sirve de base para ciertos toques experimentales que enriquecen la lectura. Así por ejemplo, y a primera vista, en el cuento Santos de mi devoción, uno tiene la impresión de que los títulos de sus breves secciones o capítulos son una parodia de un proyecto para obtener fondos para algo, o un plan económico o de gestión: Proyecto-Presentación-Ejecución,esta subdivida enPrimera etapa. Al como sea, Segunda etapa. Sin asco Tercera Etapa, La verdadera riqueza, Cuarta etapa, La respetable consolidación y Quinta etapa, la muerte de la Tita. En general hay una parodia que en diversas modulaciones permea estos cuentos y su objeto son los ires y venires de los personajes, algunos de ellos representando a la nueva/vieja clase burguesa que profita del milagro chileno o los individuos que simplemente de las barajan en su interior. Pero la narrativa de Rivera tiene también otro elemento bastante distintivo que la aleja un poco de la narración realista a secas, y que le da un aire levemente distorsionado. Se trata de un tratamiento del contenido y estilo que por momentos enrarece esa narración bastante canónica—sin que cambie su registro—para ofrecernos una atmósfera que sugiere una opacidad densa del mundo, a través de un efecto de distorsión que va de leve a abrumador, que nos lleva de la mano hacia situaciones grotescas e insólitas, pero arraigadas firmemente en una cierta naturaleza humana, que no se tematiza explícitamente, sino se mantiene subyacente y que junto o más allá o más acá de la realidad social, se revela como un nódulo de instintos biológicos ciegos y de afanes de progreso social y económico, de reconocimiento y estatus. Este aspecto ya se encontraba presente en otras obras importante de este autor que he leído y comentado, como A fuego eterno condenados (1994)y Piedra azul (2001), sobre todo, y con un carácter casi programático, en la primera de estas novelas. 
Esta impresión de extrañeza que a veces brota en esta escritura básicamente realista es lo que primero atrae la atención de este lector. En estos cuentos—en unos más que otros—se representa un universo denso de concreciones, sensaciones y objetos en que a veces los detalles del mundo y los personajes parecieran bañarse en espesas miasmas como un inmenso mamífero ficticio. Se advierte también una calidad espesa y quizás chocante por momentos de las experiencias ligadas al sexo y en general vitales, en la trama intrincada que asumen en el ámbito de los cuentos esas situaciones gatilladas básicamente por necesidades simples, de las que los personajes no son necesariamente consciente. Situaciones, en que los individuos bregan para ganarse el sustento o satisfacer sus apetitos, en que el sexo y las relaciones interpersonales conexas suelen ocupar un lugar central como realización, gratificación y felicidad—quizás las únicas posibles—que rescatan a los individuos de la vida cotidiana y de un teje y maneje existencial más bien degradado, y les ofrecen un respiro en medio de la rutina, el desgaste o la sordidez:
“...los senos de Rita en punta, me sacan de la mecánica habitual, los libros, Leonor, la novela, para llevarme a la cama obseso...(Fotografía por encargo).

Esto en un mundo matizado a veces por una crudeza a veces patente, que parece intencional y buscada, pero que sin embargo fluye con naturalidad, que llega a asomar su nariz hasta el borde la vulgaridad, la obscenidad, lo grotesco, calidades que no se disfrazan ni se absuelven en aras de una axiología social, la que sin embargo está presente, aunque opere en forma implícita, desde abajo, en el teje y maneje de la urdimbre cotidiana—desde las pulsiones sexuales hasta las aspiraciones económicas—en que se debaten los personajes. Pero que nunca es objeto de la elaboración temática del narrador o de un personaje, tentación de explicar que malogra a tanta literatura social.

Entonces, se trata de un libro profunda y enraizadamente chileno, que así pareciera quererse, sin concesiones a la moderación ni a los remilgos, audaz y visceral, pero no exagerado, en su tratamiento del erotismo y el sexo y carente de proclamas y saludos a la bandera dentro de su descarnado ‘realismo crítico’. Prosa sin las concesiones facilistas o programáticas destinadas al lector, presentes en otros autores de su generación.
En estas narraciones, sin embargo tan lejanas al naturalismo, los antihéroes se debaten en un mundo complicado, impulsados como se decía a la brega por la subsistencia o el provecho, las ciegas determinantes del ámbito urbano global surgido de décadas de milagro chileno y la economía de mercado, como en El castigo contable del señor Muller, relato breve que nos instala re repente en medio del diálogo de la transacción financiera en que consiste el cuento—más unas escuetas e imprescindibles intervenciones de narrador objetivo—y en que el trasfondo lo pone un contexto familiar para los lectores: la omnipotencia del crédito y su peso definitorio en la vida de la gente en el Chile contemporáneo. En el ya mencionado Santos de mi devoción, que intitula el libro y que es en realidad una mini novela de formación (bildungsroman), se nos presenta el desarrollo de un empresario desde sus orígenes en la confluencia de tradición y modernidad de sus apellidos vasco y alemán, su matrimonio por interés, su vida sentimental semiclandestina—su única autenticidad— y su consolidación acompañada por un dejo de anonadado vacío,. La sexualidad se desencadena en el cuento Viejos perros, a ala vez apodo familiar en el habla coloquial y denotación biológica, en que el hecho de hacer las compras en un supermercado se va volviendo absurdo en una sexualidad exacerbada. Respecto a este escenario del sexo en el supermercado, combinación de lo alimenticio y lo sexual (me la comería) propio de la urbe contemporánea, me tomo la libertad de mencionar una situación análoga en Sex and Samosas, una novela reciente de la autora canadiense de origen étnico paquistaní Jasmine Azíz ,en que la personaje—excitada al vestir unos calzones abiertos en la vulva—examina y manipula diversos artículos alimenticios, momento para mí culminante de esta exploración sexual humorística y paródica en un ámbito urbano contemporáneo, en este caso en las antípodas (Ottawa) del Santiago de Rivera. Extrapolación que va a cuento de la acertada exploración de este autor de la vida en Santiago, tan igual en cierto sentido a otras metrópolis desarrolladas y menos desarrolladas, aparentemente análogas—Mc Ondianas. Y sin embargo tan diferentes.

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Sobre “Santos de mi devoción” de Roberto Rivera

Grinor Rojo.

Tres núcleos de significación principales tienen los cuentos que integran este libro, los tres son interesantes y mi opinión es que Roberto Rivera ha sabido sacarles partido de diferentes maneras.

El primero tiene que ver con el mundo chileno del dinero o, mejor dicho, tiene que ver más que con el de mundo del empresariado con el de las especulaciones financieras, con sus personajes característicos y con las trapacerías de todo orden en que ellos suelen incurrir. Está en “El castigo contable del señor Müller”, en “Santos de mi devoción” (que además es el cuento que da título al libro) y en “Un ligero material”, de una manera que a mí me parece verosímil, y tanto que a ratos tengo la sensación de que el asunto hubiese dado para más, como ocurre en “Santos de mi devoción”, que en realidad no es un cuento sino una novela comprimida (o bosquejada) con un “proyecto”, una “presentación” y una “ejecución” en cinco “etapas”. El hecho es que Rivera trabaja este mundo chileno del dinero percibiéndolo en contextos históricos distintos, algunas veces durante los años de la dictadura y en otras en los de la postdictadura. El corolario de sus exploraciones es, por supuesto, que no ha habido en este sector de la vida nacional mayores cambios con el paso del tiempo. En la primera década del 2000 las cosas no son muy diferentes en esta materia de lo que fueron en los setenta u ochenta del siglo anterior. Se mantienen en su sitio los mismos agiotistas, con la misma falta de escrúpulos, en competencia y, aún más a menudo, en connivencia. Una figura que por razones obvias es protagónica en este género de relatos es la del magnate, que en el libro de Rivera puede ser un self-made man más o menos reciclado, como ocurre con el Eleodoro Rebolledo de “Santos de mi devoción”, quien para comenzar su carrera se transforma en Eleodoro Echenique y sube luego velozmente en el magnatómetro donde se miden esta especie de virtudes, o un patricio auténtico, como en “Un ligero material”. Todo ello con el escritor haciéndose cargo así de un tipo literario que apareció en Estados Unidos en los ochenta y se ha transformado desde entonces en una permanencia de la ficción contemporánea y no sólo de la chilena, ya que, además de podérselo relacionar con ciertos personajes de Arturo Fontaine (con el Aliro Toro de Oír su voz, por ejemplo) y, de una manera aún más alarmante, con el actual presidente de la República, también se lo puede asociar con el personaje del que se ocupan un par de películas de Oliver Stone, la segunda de las cuales está exhibiéndose en los cines de Santiago en estos mismos momentos.

El segundo núcleo de significación con que Rivera construye sus cuentos es el de la sexualidad, empujada en Santos de mi devoción hasta el máximo de sus posibilidades transgresoras o, en otras palabras, hasta el punto de la obscenidad e inclusive, si ustedes me apuran un poco, hasta el punto de la pornografía (aunque también hay que reconocer que la aspereza de Rivera a este respecto ha pasado por alto las seducciones titilantes que a mi juicio constituyen un aliño esencial de esa norma genérica). Quiero decir con ello que el sexo de estos cuentos es sexo duro, sin adornos ni sentimentalismos de ninguna especie, y que por lo tanto (paradojalmente, si se quiere) escapa a la pobreza del relato porno y nada más. El narrador nombra lo que se propone nombrar sin reticencias, no pocas veces procazmente, como pudiera haberlo nombrado un colegial en su pandilla o un barriobajero en el salón de pool. No se crea que hay en esto reproche alguno de mi parte, sin embargo. Por el contrario, en un país en el que el eufemismo constituye la regla de oro de la conducta social y literaria, el que uno de nuestros escritores se atreva a nombrar al pan, pan y al vino, vino, a mí no deja de causarme admiración. Más aún cuando la dureza sexual de Rivera no trepida en desbarrancarse hacia el grotesco energuménico, como en “Viejos perros”, un cuento que para los que estamos llegando a esa etapa de la vida deviene escalofriante. Con todo, yo pienso que el relato más logrado dentro de este grupo es “Mortajas de rayón”. Puede que sea el cuento más sórdido de todo el volumen, pero también es el mejor. La historia de esa niña “abandonada”, que sobrevive en la calle mendigando y prostituyéndose, nos llega en este cuento con nitidez, con fuerza y (por supuesto) sin moralinas. Rivera va al grano, evitándose los lloriqueos romanticoides y las morigeraciones inútiles. Pienso que los grandes narradores chilenos del marginalismo, como Juan Godoy o Alfredo Gómez Morel, no lo hubiesen hecho mejor.

El tercero y último núcleo de significación que me interesa destacar en Santos de mi devoción es el metapoético. La narrativa de Roberto Rivera es una narrativa que vuelve una vez y otra, obsesivamente, sobre sí misma. Esto es detectable directa o soslayadamente en la mayoría de sus relatos, pero sobre todo en uno de ellos que a mi juicio pudo ser una obra maestra. Me refiero a “Fotografía por encargo”, donde un escritor que se halla “enfrascado en una novela” y sin poder resolver uno de sus episodios, se constituye en el centro de circunstancias diversas, heterogéneas aparentemente pero que en efecto se hallan unidas por un hilo conductor. Son esas circunstancias una foto pornográfica que el escritor descubre en un cajón de su escritorio, que muestra a una mujer “un poco gorda para el gusto actual, pero tremendamente sugerente” (con todos los visos de provenir de una reminiscencia infantil, diría yo), una segunda mujer en extremo deseable y que se encuentra de visita en la casa del escritor de marras, Rita, y su propia mujer, Leonor, que “me está llevando a la cama, me está diciendo con la mirada que me espera”. El hilo que une a las tres mujeres que le roban la atención a este fulano es, como vemos, el poder aurático del sexo, y es a partir de él que ellas se trenzan como en un solo revoltijo en su imaginario, contribuyendo de este modo con la trastienda de su ficción y finalmente con una salida (falsa, dicho sea de paso) para el episodio literario que no se le da, el que lo tiene empantanado. Como quiera que sea, lo que a mí me interesa destacar sobre todo en este relato de Rivera es su puesta en contacto del mundo de la realidad de verdad con el mundo posible de la creación, la indagación en las peculiaridades de ese contacto, el buceo por lo mismo en los mecanismos conscientes e inconscientes de la producción literaria. Rivera quiere ser no sólo el creador de sus ficciones, sino saber inteligentemente cómo, desde dónde y de qué manera ellas aparecen en él. Literatura esta suya que por eso, y junto con serlo con plenos derechos, es también metaliteratura, es decir que es un tipo de narración que, por cualesquiera sean las razones, se curva sobre sus códigos tratando que ellos le den explicaciones sobre el cómo y por qué son lo que son.

Una palabra más en esta brevísima nota. Advierto diferencias de estilo sustanciales entre los cuentos de Santos de mi devoción. Esas diferencias se manifiestan en el manejo inconstante del lenguaje narrativo y dan testimonio de una suerte de continuidad dentro de la diversidad, pero esta vez en el plano de la forma. Estoy pensando en la problemática metaliteraria a la que me aludí arriba, pero que ahora se traslada hasta el nivel de la expresión. Me explico: si desde el punto de vista de los contenidos, los cuentos de Rivera seleccionan como uno de sus lugares de privilegio la exploración del cómo y por qué ellos llegaron o están llegando a ser, en el nivel de la forma esa misma búsqueda se reproduce como un ensayo de estilos distintos, que tanto pueden ser directos y claros, en la línea del realismo decimonónico, como aglutinantes y enrevesados, en la línea del postrealismo que introdujeron las vanguardias (aunque algo de eso haya desde antes, por ejemplo en las novelas de Conrad). Todo ello como si Roberto Rivera estuviese intentando que en sus cuentos el proceso de la producción lingüística sea demostrativo, él también, de una de las problemáticas que lo inquietan. De nuevo, no hay reproche de mi parte en esto que anoto. Más bien, creo que puede leérselo como una voluntad de congruencia, de compatibilidad ciertamente valorable entre el fondo y la forma.

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“Santos de mi devoción” de Roberto Rivera

Antonio Gil.

Sainz de Robles, en su libro cuentistas españoles del siglo XX, nos afirma que: “El cuento es, de los géneros literarios el más difícil y selecto. No admite ni las divagaciones, ni los preciosismos del estilo. El cuento exige en su condición fundamental, como una síntesis de todos los valores narrativos: tema, película justa del tema, rapidez dialogal, caracterización de los personajes con un par de rasgos felices. Como miniatura que es de la novela, el cuento debe agradar en conjunto”.
No podemos estar más de acuerdo con el erudito español, sobre todo tras experimentar en carne propia una vana y dura y descorazonadora incursión en este género diabólico, sin resultado ninguno. De ahí que no me quede más remedio que mediar  estas modestas líneas felicitando de todo corazón a Roberto Rivera por su dominio magistral de este género complejo, escurridizo, y reservado sólo a unos pocos iniciados entre los que Roberto Rivera Vicencio destaca como un maestro aventajado y reconocido como tal, no sólo en esta fértil provincia sino también más allá de esta larga y angosta faja de envidia. Para no olvidar nuestro profundo amor por la etimología, aquella apasionante disciplina que, al estudiar el origen de las palabras, de paso y casi sin proponérselo, indaga en la historia profunda de las cosas que dichas palabras nombran, recordemos que cuento deriva de la palabra latín computum, es decir: cálculo, cómputo. Y que de ese aritmético y áspero origen, derivó como ocurre con todas las palabras, en este ser vivo que es el lenguaje, a significar la enumeración de hechos, con lo cual hoy cuento significa: recuento de acciones o sucesos reales o ficticios. Se trata, como no, de la narración breve de un suceso imaginario, donde concurren un número limitado de personajes, los mismos que participan en una sola acción con un solo foco temático. Supuestamente (y digo supuestamente dado que no siempre con razón descreo fielmente de los propósitos preconcebidos) su finalidad es generar en el lector una única respuesta emocional.
Esto en contraste con la novela, que puede presentarnos un número mayor de personajes, los que se van desarrollando a lo largo de distintas narraciones interrelacionadas, con lo cual, la Academia supone, evocaría reacciones emocionales múltiples. Quién sabe.
Lo cierto es que tras una  gozosa lectura de Santos de mi Devoción (libro, que recomiendo encarecidamente ya que se lee de principio a fin con extraordinario regocijo)  el computum final que esta obra arroja en nuestro sentimiento – razón, vale decir en ambos hemisferios cerebrales, se relaciona fuerte e inequívocamente con la realidad creada por el orden social imperante en el accionar, en el sentir, en la construcción psíquica de un modelo humano del que todos somos parte como individuos.
Desde un  arribista que cambia su nombre como es el caso de Eleodoro Rebolledo, transmutado en Eleodoro Echenique Benech protagonista del cuento que da nombre al volumen, hasta la protagonista de Mortajas de Rayón, el foco y trasfondo, el primer y segundo plano del relato de Rivera es este sentir, entrelazado muchas veces a una sexualidad descrita en forma coloquial y libre de melindres, pero siempre embridada, sujeta, lo que deja empozado en nuestro sentir la certeza de que esto, eso que en cada cuento ocurre es, sin duda, lo mismo que nos está ocurriendo a todos, desde el cogollo a las raíces de la estructura social.
Vale decir, SANTOS DE MI DEVOCIÓN no sólo es un libro simple y poderoso a la vez para el lector común. También cumple a cabalidad los draconianos mandatos que la Academia ha impuesto a este tipo de cometidos literarios.
¡Cola y rabo entonces para Roberto Rivera!
Resulta importante destacar aquí que no se propone, ni se acerca, en caso alguno Rivera a una literatura de aquellas que se llamaban en el pasado de denuncia. El sólo enuncia. Y lo hace con la calidad propia del escritor profesional y consagrado que es.
Y tampoco es en ningún aspecto este libro una colección de cuentos moralizadores o fábulas orientadas a dejarnos una moraleja. ¿Para qué? Ahí están los cuentos, como objetos verbales autónomos. Y el Ojo que Todo lo Ve, que es el escritor, siempre un personaje más aunque invisible en cada relato, conduce nuestros ojos y nuestra psique hacia los parajes que él ha elegido y editado para hacernos caminar por ellos y extraer cada quien las conclusiones que pueda o desee.
 Debo confesar que hacía muchos años no tenía oportunidad de leer un autor tan honesto respecto de su quehacer literario. Tan sincero en su vínculo entre su personalidad y el tono y ambiente creados en cada relato por su escritura.
Y lo digo con la convicción de un narrador que, desde la vereda de en frente, en su propia obra ama las máscaras, la profusión, los artificios y las rutas más tortuosas.
Para cerrar quiero manifestar una íntima y gratificante convicción: Estamos ante la obra de un escritor extraordinariamente fino e inteligente al momento de definir sus estrategias narrativas, lo cual hace de cada párrafo un ejemplo envidiable de eficiencia y eficacia.
Esto último queda al descubierto con suma claridad en los acordes más difíciles de interpretar para un escritor, como son los encabalgamientos de realidad y ficción, o cordura y delirio, presentes recurrentemente en SANTOS DE MI DEVOCIÓN Los ensambles son perfectos, y no está de más recordar muy honestamente, que un escritor suele estar muy atento, quizás  demasiado, a los yerros de estilo o la capacidad de construir realidades verosímiles en el trabajo del otro.
Salud a este trabajo a la vez feroz y delicado, como Fuerza a la honestidad y transparencia de Roberto Rivera Vicencio y sus textos que estoy seguro, ustedes leerán “muertos de felicidad” Unión eterna a la inteligencia y la sensibilidad humanista que traspasan de lado a lado este libro extraordinario.
Muchas gracias Roberto por tu invitación y sobre todo por los SANTOS DE TU DEVOCIÓN
Y muchas gracias a todos los que han tenido la paciencia de escucharme luego de un día en el que, con toda seguridad, hemos debido caminar erguidos. Gracias otra vez y muy buenas tardes.

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Santos de mi devoción” de Roberto Rivera

Cristián Montes Capo.

En Santos mi devoción están presentes dos amplios registros narrativos. El primero de ellos remite a la complicada inserción del sujeto en los laberintos del poder y el mundo neoliberal. Un segundo registro permite visualizar las diversas modalidades en que se escenifica el deseo y la sexualidad.
            Respecto al primer registro señalado, es paradigmático el cuento Giro doloso. La situación narrativa se sostiene básicamente en la estructura del diálogo telefónico. Se acentúa así la atmósfera kafkiana en la que se desenmascara la manipulación engañosa con que las lógicas del mercado envuelven al personaje. Lo relevante aquí no es la verdad o falsedad de los hechos contados, sino la estrategia de seducción y manipulación utilizada por la maquinaria del consumo. El criterio de la eficacia, entendido este como la piedra angular de la mentalidad capitalista, escenifica en este cuento su capacidad de generar necesidades y el imperativo de consumarlos. En Giro doloso vendedor y cliente o, en otras palabras, víctima y  victimario, construyen una figura que permite ver cómo opera una nueva modalidad de panóptico: no se trata ahora de la vigilancia directa, sino de complejos mecanismos de procesamiento de la información y control de las motivaciones.  Para ello solo importan las huellas de conducta observables en los modernos archivos del bienestar social: tarjeta de crédito; boletos de viaje, cuentas de teléfono, pedido de préstamo, etc. Resuenan en torno a este cuento los postulados de Félix Guattari, quien señalaba, que el capitalismo fue en ciertos sentidos más inteligente que el socialismo, puesto que logró capitalizar de manera radical las potencias del deseo.
Dentro de este primer registro narrativo, el discurso de las ideas desplegado en el cuento Santos de mi devoción, localiza en Chile la denuncia implícita de una sintomatología en concordancia con el proyecto neoliberal imperante. La figura retórica privilegiada es la ironía, la que apunta principalmente al arribismo de quienes desean a toda costa ascender en el orden social. Para alcanzar la cima se deberá pasar por encima de todo: familia, amistades, adhesiones, aunque para ello deba cambiar de apellido (de Rebolledo a Echenique), cambiar de vida, en definitiva tratar de ser otro, un otro acorde al deseado proceso de desrealización. El hedonismo narcisista e individualista que, según Lipovetszky, define al nuevo capitalismo, encarna en plenitud en las aspiraciones del patético personaje central del cuento.  A nivel del autor implícito del texto, la estrategia narrativa de Santos de mi devoción realiza en sordina una denuncia a un tipo de sociedad que ha convertido al sujeto en mercancía desechable. El mundo representado deviene así como un “juego de metrópoli” donde el ejercicio de la compra y venta es la dinámica que regula la vida y la identidad del sujeto.  Se puede observar así que la ley estructural del cuento se sostiene en dos planos contradictorios: apariencia y realidad. Aparentar, en este caso, deviene en imperativo para aparecer de determinada manera ante el otro: “El dinero comprendía era consubstancial a su apellido, una niebla espesa capaz de ocultar al bandolero y su trayecto para mostrar solo un presente honorable y natural”.
           En esta misma línea el cuento Ligero material focaliza la denuncia en tiempos de la dictadura militar. El arribismo, como una tara social, se expresa ahora en una “descomunal vanalización”, pero se agrega otro aspecto significante en cuanto al tema valórico. La dualidad verdad/falsedad se articula aquí a la sospecha fundada sobre el carácter anómalo de las grandes fortunas del país. Decir la verdad en este orden de cosas implica una sanción social, ya que en la lógica empresarial de los grandes conglomerados económicos, toda verdad deviene abstracción manipulable. La corrupción se erige como posibilidad cierta, encarnada, en este caso, en un grupo económico llamado Médicis, nominación irónica que remite aquí a las prácticas realizadas por quienes se han apoderado finalmente de la economía del país. En esta composición de mundo tanto los personajes como el contexto de la dictadura militar inscrito en la ficción narrativa flotan en medio del ligero material donde todo se diluye: la verdad, las certezas, en definitiva lo real. Lo único que queda es una pulsión competitiva desenfrenada que remite a un tipo de mundo que, en términos de Michel Houllebec, se expresa en el imperativo que señala: “Tienes que desear. Tienes que ser deseable. Tienes que participar en la competición, en la lucha, en la vida del mundo. Si te detienes, dejas de existir. Si te quedas atrás, estás muerto”.
            Ahora en cuanto al segundo registro narrativo de Santos de mi devoción, el cuento Viejos perros puede interpretarse como una reflexión sobre la degradación física e intelectual que trae consigo la vejez. Pero es también un ejercicio imaginativo liberador de las restricciones que pesan sobre el sujeto y una hipótesis sobre el desmoronamiento del orden civilizador. El control, las buenas costumbres y el protocolo van derivando a un caos que el narrador percibe como un desajuste peligroso. En consecuencia, el nivel de superrealidad privilegiado se define únicamente por necesidades básicas, tales como el acoplamiento, el comer, el defecar, el orinar, el morir o el matar. En términos lingüísticos, el código de la animalidad se estructura  en una cadena de significante tales como“perros”, “yegua”, “moscardones”, “león enjaulado”, etc. Lo animalesco se traduce en la unívoca oposición entre “erección” y “no erección” y en una energía vital dependiente de la operatividad de la “herramienta”, palabra con la que el narrador denomina el pene humano-perruno. Lo que cuenta en este acontecer de la superrealidad son los olores, los deseos, las imágenes sexuales y las descripciones que perfilan una imagen de ser humano como un “inconexo animal de cuatro patas”. La focalización del relato privilegia por lo mismo una escenografía donde todo se vuelve sexo y en la cual los personajes solo logran ver la proyección de sus deseos esparcidos entre “mordiscos y patadas”.  En definitiva, en Viejos perros  el estatuto de lo humano se vuelca en una representación de mundo donde todo tiende a lo que Marcuse define como el eventual grado cero de la vida, producto de la liberación absoluta –y suicida, naturalmente- de los imperativos de la represión civilizadora.
            En este mismo registro, el cuento Conejita del jardín incorpora también el código de la animalidad, pero desde un particular buceo en las zonas de lo inconsciente. El acto de nominar se pone al servicio de deletrear dicho código y para recurre a un léxico que intenta la liberación de todo tabú de la escritura. La erótica del verbo movilizada se expresa así en la descripción precisa del acto sexual, de la genitalidad, de los impulsos, etc. Esta elección se potencia a su vez con la incidencia de lapsus que remiten al contenido latente del cuento y a las diversas huellas que lo inconsciente ha esparcido en su superficie textual. En el plano manifiesto, en cambio, el deseo y sus convulsiones parecen requerir del disfraz para que los personajes logren saciar el placer que los demanda. Al disfrazarse como conejos podrán hacer lo que desean, esto es, comportarse como animales orientados únicamente por la pulsión del deseo.
            En  el cuento Fotografía por encargo el tópico narrativo del deseo enfatiza su carácter problemático. La imposibilidad de la gratificación se expresa en  que los personajes se relacionan con unos, pero, a nivel del deseo, se estén relacionando con otros. Se produce así un quiasma de energías donde el objeto del deseo está siempre en otra parte. Esta condición errática se exacerba con las reflexiones metapoéticas y discursivas con las que el narrador reflexiona sobre los cruces entre la realidad y la ficción. El tránsito incontrolable por estos ámbitos y el borroneo de sus límites inciden en el carácter inasible e inenarrable del deseo. Los erráticos destinos de toda esta maquinaria reafirman, a nivel de de las ideas promovidas por el texto, el aspecto impredecible e incontrolable de la vida.
            Finalmente, en el cuento Mortajas de rayón este segundo registro de significación incorpora el tema de la marginalidad social y sus dramáticas consecuencias.  El otro aparece signado aquí como un depedrador que obliga a los personajes a mantenerse en los límites de su precaria constitución. El miedo, como sentimiento imperante, se traduce en el temor a dejar de ser, lo que refuerza una identidad en permanente disolución. En este contexto los personajes oscilan entre la cordura y el delirio y convierten al travestismo en modalidad de existencia. Dejar de ser para convertirse en otro parece ser la única forma de sobrevivir en un mundo-infierno donde la única manera de vivir es habitándolo esquizofrénicamente.
La estrategia enunciativa, en consecuencia con el tipo de experiencia descrita, deviene dispositivo de ambiguedad e indeterminación narrativa. Se dificulta así el reconocimiento del punto de hablada y de la identidad de una voz que va mutando al compás de las transformaciones sufridas por los personajes.
En términos generales, los registros narrativos desplegados en Santos de mi devoción configuran una visión de mundo en la que se problematiza y cuestiona el difuso sujeto de la contemporaneidad. Los diversos núcleos de significación temática devienen así interrogaciones existenciales acerca de una especie de error instalado en el devenir del sujeto contemporáneo. La mercantilización de la experiencia, la falta de proyectos colectivos, la injusticia, la carencia de algún tipo de heroicidad son factores que permiten entender la desorientación generalizada inscrita en el verosímil textual. Como contrapartida la opción liberadora parece ser la experimentación con formas libidinales que se resisten la institucionalización, aunque la frustación sea lo que predomine finalmente. En Santos de mi devoción la desestabilización de cualquier marco de estabilidad o certeza permiten interpretar el texto como la expresión de una particular sintomatología, es decir –y en términos de Freud- una “formación de sustitutos para eludir (los diferentes tipos de) angustia”.
Finalmente, cabe señalar que los siete cuentos que componen Santos de mi devoción poseen una característica común, esto es: la riqueza formal y la variedad de mecanismos y recursos narrativos. Sorprende por lo mismo que se logre siempre una adecuación perfecta entre lo narrado y el cómo se narra, entre el qué y la estrategia narrativa utilizada. La conciencia estructurante de aparece así como la responsable del contundente espesor narrativo desplegado en Santos de mi devoción.


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Algunas ideas sobre mi lectura del libro de cuentos “Santos de mi devoción”

José Leandro Urbina.

Permítanme comenzar citando una reflexión que considero podría ser uno de los pilares, o estar a la base, si se quiere, de uno de los impulsos creativos de parte del libro de Roberto Rivera. Se refiere al poder del dinero, a la conciencia inequívoca de lo que el dinero moviliza y provee. Esa ficha de intercambio que como el lenguaje puede configurar las ficciones más perversas. No es que sea el fragmento que leeré a continuación la matriz de cuentos como el que le da nombre al volumen, “Santos de mi devoción”, o de “Un ligero material ”, pero quiéralo o no Rivera, presiento una conversación de sus textos con ese famoso fragmento de Karl Marx en los Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844, leído durante nuestra juventud universitaria.
“Lo que mediante el dinero es para mí, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro pies, luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin conciencia y sin ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor. El dinero es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita, además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? El puede, por lo demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder sobre las personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no poseo yo, que mediante el dinero puedo todo lo que el corazón humano ansia, todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario?”
Los dos cuentos mencionados podrían ciertamente considerarse como la reescritura de un Manual de instrucciones para príncipes neoliberales, podrían ser parte de un moderno Libro de los exiemplos. ¿Será esta una tendencia de la literatura globalizada? Hay un creciente número de testimonios novelados sobre grandes operaciones comerciales, sobre audaces apropiaciones de industrias, y adquisiciones fraudulentas llevadas a cabo por grupos económicos y sus ejecutivos. Lo que en el norte (EEUU) representa el esfuerzo por celebrar y solapadamente heroizar a una clase de individuos sospechosos de fraude, causantes de crisis económicas, especuladores terminales, ejemplos también de vanalidad, elevados, por el dinero que trafican, a figuras “importantes”, que proveen portadas a las revistas de negocios, y que necesitan ahora ser ficcionalizados, ellos y su mundo, para adquirir el estatus que solo la ficción puede dar, no pasa en los cuentos de Rivera. La ironía con que se narran los milagros económicos o los vericuetos del poder, deshace toda posibilidad de vindicación. Sin embargo, los mecanismos de la ficción todavía muestran su efectividad.
En el caso del cuento “Santos…” es el Eleodoro Rebolledo, próximo a ser Echeñique, o sea el personaje mismo, quien adivina que para poder acceder al dinero, a ser millonario, debe inventarse, debe escribir un cuento que sea verosímil no sólo para los demás sino para él mismo. Cambia su nombre y sigue la ruta de la usura, la de los negocios turbios, para luego blanquearse y convertirse en el ingeniero triunfador y honorable que es festejado por la sociedad.
Si leemos el primer cuento “El castigo contable del señor Müller” podríamos, tal vez, identificar en la voz que por teléfono extorsiona a un anciano, un personaje de la misma familia.
En este mundo se mueve Rivera como pez en el agua, dueño de detalles que el común de los mortales sufrimos pero desconocemos: dinero, finanzas, dolo, fraude, atropello son los elementos fundadores de un nuevo mundo feliz.

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Otras referencias críticas (PDF)

- La Segunda
- Antonio Rojas Gómez