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portada El afilador de cuchillos - Presentaciones

Presentación en FILSA 2012, por Ramón Díaz Eterovic

Siempre es un agrado acompañar a Fernando Jerez en la presentación de uno de sus libros, los que incansable y rigurosamente ha escrito desde que nos conociéramos hace más o menos treinta años. Desde entonces Jerez ha construido una obra que en su conjunto marca una huella significativa en nuestra narrativa. Es un agrado acompañar a Fernando, no sólo por la calidad asegurada de cada uno de sus libros, sino porque además hemos sido compañeros de varias iniciativas literarias que nunca están más de recordar en nuestra república del olvido, como la jornada Encuento del año 1984 o el Congreso Juntémonos en Chile de 1992. Dos de otras iniciativas que recuerdo como ejemplo de ese doble compromiso que Jerez ha suscrito desde sus orígenes como escritor, a través del desarrollo de su obra literaria y como promotor de actividades que han unido a los escritores y creado puentes entre éstos y sus esquivos lectores.

Por todo lo anterior, mis felicitaciones a Fernando Jerez por su nuevo trabajo que espero tenga la resonancia que merece, y mis agradecimientos por invitarme a compartir esta presentación. 

Como se sabe, Fernando Jerez pertenece a la alguna vez llamada generación de los novísimos, de la que es uno de sus miembros más connotados junto a Poli Délano, Antonio Skarmeta, Ariel Dorfman, Ramiro Rivas y el siempre recordado Carlos Olivarez. Ellos y otros autores conforman un momento singular en nuestra narrativa, asumiendo nuevos códigos expresivos y un claro compromiso con el movimiento social que culminó con el triunfo de la Unidad Popular y el gobierno de Salvador Allende. Sus historias por lo tanto, nos hablaron del entusiasmo que se vivía en la década de los sesenta e inicio de los setentas, y luego también de las oscuridades que cubrieron buena parte de la narrativa que escribieron la mayoría de los autores chilenos, y que en el caso de Jerez se puede ejemplificar en sus novelas “Un día con su excelencia” y “El himno nacional”.

Seguramente, el primer libro de Fernando Jerez que leí fue “El miedo es un negocio”, publicado por la recordada editorial Quimantú, con un tiraje tan numeroso que incluso alcanzó para que algunos de sus ejemplares llegaran hasta el pequeño quiosco puntarenense donde todos los jueves esperaba llegar un nuevo libro de la colección “Quimantú para todos”. Y si hago este recuerdo y hablo de este título, no es sólo por recrear una anécdota, sino porque entre esa novela de los años setenta, y “El afilador de cuchillos” que hoy presentamos, creo que existe un nexo, una suerte de cierre de círculo que podemos resumir en dos palabras del primer título: miedo y negocio.

En el primer caso, el miedo provenía de las clases acomodadas que veían llegar con temor el gobierno de la Unidad Popular, con su promesa de mayor igualdad y justicia social. Gente que intentaba especular con sus propiedades y depósitos en dólares, y de paso generar condiciones que sirvieran para desestabilizar las condiciones económicas del momento.

En el segundo caso –“El afilador de cuchillos” el miedo es también de algunos poderosos que hacen sus negocios al amparo de un sistema que todo lo permite y que tiene al lucro como horizonte de sus iniciativas. Es el miedo al fracaso, a perder la posición que concede el dinero, y también el miedo a la soledad al que son arrastrados seres que han hecho del negocio el eje de sus vidas. Jerez conoce bien los mecanismos de los negocios y desde luego a los personajes que actúan con dichos mecanismos. Conoce –y las expone muy bien en su novela-, las trampas o los castigos que impone al sistema a quienes intentan quebrar todo límite. Sabe cómo la soledad los convierte en seres fríos, calculadores, devotos acérrimos de los fetiches del sistema, como le sucede al viejo Simon, uno de los protagonista de la novela que acaba sus días suplicando a su exesposa un gesto mínimo de cariño, y maldiciendo a su hijo que no ha querido seguir sus pasos como empresario..

Hombres de negocios entrampados, como el gerente de la empresa Unsolomundo, Octavio, que de gestor exitoso pasa a ser un paria del sistema que el mismo ha ayudado a generar cuando cae en las manos de inversionistas más astutos que él; y desde luego Ulises, un muchacho que empieza ideando fallidos atentados con bombas, y termina conociendo el abc del negocio de la exportación de frutas y maderas. La mirada de Jerez hacía el mundo empresarial tiene la certeza y la acidez propia de quien avanza por temas conocidos. Y al respecto, una cita de su propia novela: “en este mundo había un decorado deslumbrante, pero bajo la apariencia uno encontraba pura mierda. Las cucarachas se devoraban unas a otras”. Una imagen que perfectamente podemos extrapolar a buena parte del mundo y de las relaciones sociales y políticas existentes en Chile, un país de apariencias, de silencios y complicidad. Un país que muchos creen que se puede manejar como un negocio más y considerar a las personas como meros recursos orientados a la utilidad y el lucro.

En torno a estos tres personajes –Simon, Octavio y Ulises- se construye la novela, con relatos fragmentados que van dando cuenta de las vidas de uno y otro. También son importantes en la novela ciertos hitos que se relatan al pasar, pero que le dan un marco histórico y político definido a la historia, como la visita del papa Juan Pablo II, el atentado a Pinochet, el caso de las uvas envenenadas o el triunfo del No.

Con todos estos elementos, la novela entrega un conjunto de atrayentes e incisivos a la hora de abordar un ambiente donde conviven y disputan personajes desgarrados por la ambición, la soledad y los miedos. Personajes que piensan que todo a su alrededor esta controlado, que están llamados a ser los triunfadores del sistema, y que olvidan o no prestan atención al sonido que produce un anónimo afilador de cuchillos. Sonido que es una metáfora, una advertencia no siempre escuchada acerca de la fragilidad de la vida y la fugacidad de sus brillos. Un ruido, un sonido que nos advierte que todo tiene su fin.

Jerez conoce al dedillo y no falla en el uso de recursos narrativos, en la construcción de estructuras que se atraviesan y complementan, en la creación de personajes tan detestables como atrayentes, en el uso de múltiples puntos de vista y un lenguaje siempre suelto y armónico. “El afilador de cuchillos” es una muestra más de la cuidadosa escritura de Fernando Jerez que, de verdad no necesita de mayores presentaciones. A lo más de una entusiasta invitación a conocer su nuevo libro, del que me atrevo a asegurar nadie saldrá indiferente.

Filsa, 11 de Noviembre, 2012

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Presentación en FILSA 2012, por Diego Muñoz Valenzuela

Con Fernando Jerez nos une una amistad muy larga, nacida en la época donde la vivencia cotidiana era la censura, la persecución y el crimen de estado. No vayan a malinterpretar mis dichos, no quiero significar que fuera necesaria la execrable dictadura para encender la amistad entre escritores. Sí que puedo decir que aquel ambiente lóbrego, y por suerte lejano (que no es lo mismo que imposible), permitía diferenciar la voluntad férrea de algunos por contribuir a la lucha por el retorno de la democracia, la ambigua tibieza o la indiferencia de otros, y la complicidad de muy pocos.


Cuando hubo que demostrar en el terreno literario este compromiso –tarea difícil, por cierto, ya que transcurre por un camino sembrado de peligros-, y cuando en paralelo hubo que ejercerlo en el mundo ciudadano, puedo dar testimonio que Fernando Jerez lo hizo, como la abrumadora mayoría de los integrantes de la generación de los Novísimos: Poli Délano, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Ramiro Rivas.


Hacia la mitad temprana de los 80 se generó, sin mayores  esfuerzos, un puente muy directo entre la Generación del 80, N.N. o del Golpe, a la que pertenezco, y los Novísimos. Esa conexión no fue posible antes, porque buena parte de los Novísimos estaban exiliados fuera del país, y otros estaban sometidos al exilio interno, llamado también Inxilio, que es el caso de Fernando Jerez. La estrecha censura dictatorial, el ataque sistemático a la industria del libro y la cultura toda, y las graves carencias económicas generadas por el modelo neoliberal, no dejaron mucho espacio al resurgimiento de la producción literaria en forma de libro. Circulaban más bien revistas clandestinas o semi clandestinas, mientras recién comenzaba a surgir una prensa opositora, sometida a una inmovilizadora serie de grilletes y mordazas.


Tal es el escenario en que surgió primero el acercamiento, luego la amistad con Fernando Jerez, Poli Délano, Carlos Olivárez, Ramiro Rivas y otros miembros de los Novísimos, y nuestra Generación del 80. Recuerdo con gratitud oportunidades como el ENCUENTO, libro antológico publicado por Bruguera en 1984, como resultado de una lectura pública de cuentos realizada en el Instituto Chileno Francés de Cultura en el mes de Septiembre. Habría que mencionar también los primeros ciclos de lectura pública como TODAVÍA ESCRIBIMOS, realizado en la Casona de San Isidro en 1985. Y una serie de eventos literarios que confluyeron en la organización del más importante Congreso Internacional de Escritores, Juntémonos en Chile, en noviembre de 1992.


Curiosa, singular literatura la que hace Fernando Jerez. No es fácil clasificarla junto a una corriente de semejantes. El mundo narrativo de Jerez se funda esencialmente en aquello que gobierna nuestra era: el poder del dinero. La codicia como motor de la humanidad, como progenitor de lo bueno y lo malo, de avances y de crímenes, de egoísmo y progreso. Es un mundo poblado por millonarios, gerentes, asesores, secretarias, empleados. Pocos escritores han penetrado estos ángulos del mundo empresarial con la agudeza que lo ha hecho nuestro autor, tanto respecto de su habilidad para humanizar a los personajes más abyectos, como para satanizar a aquellos que consideramos ángeles.


Escrita en capítulos breves y ágiles, esta novela nos revela su trama gradualmente, como si se tratara de la construcción de un puzzle muy acabado. Para ello emplea una suerte de visión caleidoscópica donde conviven varios narradores; una visión que va siguiendo a los personajes principales en una secuencia a cuyo orden temporal debemos permanecer atentos.


El personaje principal, Ulises –nombre que nos remite a la Odisea y a Joyce- sobre cuya vida se vertebra la novela, revela al inicio de la historia un  alto grado resentimiento social que lo emparenta con el relato el Cobrador de Rubem Fonseca: alguien que desea que la sociedad le pague de una vez todas las injusticias cometidas en su contra. A medida que nos introducimos en los detalles de su vida plagada de sufrimientos, vamos comprendiendo las razones de esta inquina, que llevan a Ulises a integrarse a una red clandestina extremista cuyo objetivo es alentar el terror y el caos.


Zebrianik, el ambicioso dueño de la empresa UNSOLOMUNDO, simboliza el poder económico y la omnipotencia del sistema capitalista, al tiempo que muestra también su fragilidad extrema en el campo de la emocionalidad humana. A pesar de su gigantesca riqueza, Simón Zebrianik está condenado a soñar la felicidad sin jamás alcanzarla. La disputa constante con Isabel, su mujer y madre de su único hijo –esperanza de preservar el clan económico familiar- revela gradualmente la profundidad de la miseria espiritual en la que se encuentran sumidos.


Jerez nos va mostrando una galería de personajes notables y vívidos, algunos de los cuales bosquejo en breves trazos. Mauro Pedraza, un ser enigmático que se mueve entre las esferas empresariales más altas, así como se conecta con las redes terroristas subterráneas. La chica de la luz, esa mezcla de realidad y sueño que enamora al protagonista y lo convierte en hombre prematuramente con tanta dulzura como erotismo. Octavio, el gerente que ama el riesgo y lleva la empresa al pináculo de la gloria mundial, a pesar de su intensa dipsomanía y un hedonismo obsesivo. 


Nada de maniqueo, ni arbitrario, ni panfletario, ni simplista  hallamos en EL AFILADOR DE CUCHILLOS. No obstante, la novela penetra con crudeza en los laberintos del poder de la era neoliberal, sin tapujos ni contemplaciones. Los seres humanos, abandonados a su suerte en la jungla de la competencia global, toman sus oportunidades –si es que se les brindan- y se aferran a ellas con garras y muelas. Los principios se abandonan y venden; la única  cuestión es el precio de la transacción, ya sea un plato de lentejas o una millonaria cuenta secreta en un paraíso fiscal.


No obstante lo antes dicho, y con tono kafkiano, todos, inevitablemente todos los personajes, uno a uno, van cayendo en las redes que el sistema va tendiéndoles: perdiendo la inocencia y renunciando a la verdadera libertad, un ideal imposible de alcanzar. Están atrapados en las redes de la tragicomedia humana. El sistema carece de piedad: a todos pasa la cuenta por igual. Los poderosos que han tocado el cielo con sus manos se derrumban desde la altura de los colosos, con estrépito. Sus sirvientes –sean estos de alto o bajo nivel- van desmoronándose  consumidos por la ambición, los amores frustrados, el egoísmo y la traición.
Unos pocos seres se salvan de esta hecatombe, aunque no es posible asegurar que puedan sobreponerse a la adversidad. Uno de ellos, el protagonista, va seduciéndonos a medida que develamos su historia personal. Tanto la biografía de Ulises, el protagonista, como el conjunto de la acción novelesca, se van entregando a retazos en la narración, a la manera de un gigantesco rompecabezas cuya materia son las vidas de los personajes.


El estilo de Jerez es depurado y simple a la vez. No recae en barroquismos innecesarios, ni prolonga las descripciones. Es mesurado, pero jamás pierde el tono musical que provee una estética de lenguaje bien concebida. Del mismo modo, la arquitectura narrativa de la novela resulta impecable y confirma su habilidad y experticia como narrador.


En suma, EL AFILADOR DE CUCHILLOS es una novela para disfrutar una positiva suma de experiencias estéticas y sociales que enriquecen nuestra comprensión de la realidad, y nos sumergen en una mirada artística potente, moderna y sensible. Una lectura imprescindible para develar las motivaciones más hondas y potentes que sacuden ese complejo, globalizado y atrabiliario mundo contemporáneo en el que vivimos. O quizás sea más preciso decir sobrevivimos.

Filsa, 11 de Noviembre, 2012