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Presentación de EL ASOMBRO, De Juan Mihovilovic
Librería Centro Cultural Gabriela Mistral
Por Fernando Jerez

 

En primer lugar  quiero agradecer la oportunidad que me ha ofrecido Juan de presentar su novela. Por él empecé a dirigir hace años un taller de literatura en el Centro Penitenciario Colina Uno. Viví allí una experiencia inolvidable, de gran impacto en mi vida. Y ahora, me regala la oportunidad de incursionar en el mundo fascinante, rebosante de contenidos, de esta magnífica novela que ha titulado El asombro.
El atributo invaluable que sostiene por siglos a la literatura es la libertad. La libertad de elaborar el texto y la libertad de interpretarlo. Nos dice la literatura que este mundo físico donde nos movemos no es la única posibilidad de vida porque hay otros mundos que penden del abismo eterno de la mente y del alma. Quiero decir, nos abre a las realidades escondidas. A no admitir si más las normas de la rutina y la resignación. Debido a esto, los libros y el arte en general son tan temidos por los autoritarios y abusadores del poder.
La literatura nos estimula a pensar, a buscar en nosotros mismos las respuestas adecuadas y la comprensión de cuanto nos rodea. El ciber infinito se encuentra colmado de preguntas y respuestas. Prácticamente no hay allí interrogantes sin resolver. Pero en la esencia de las soluciones colgadas como estrellas en ese espacio maravilloso, no hallamos la respiración humana, ni el torrente subterráneo de la piel humana, ni el mundo palpable con sus temperaturas ni el paisaje con sus aromas y brisas. En resumen con la vida, con la maravillosa vida.
Interpreto la novela de Juan Mihovilovich como la ruta del ser humano a partir del asombro que produce la devastación. Cuando ocurre el quiebre del sostén físico y la ruptura de la cuerda  cimbreante que sostiene la llamada normalidad del ser humano. El espeluznante y trágico  sismo del 27 de febrero de 2010 sirve de partida a nuestro autor para que su novela de un solo personaje, inicie una singular travesía por las sendas del miedo. Primero es el asombro ante el paisaje en ruinas, el impacto que lo lleva a concluir, no obstante, con cierta satisfacción, que a pesar del horror él se encuentra vivo. La capacidad de asombro de este hombre atónito es la cualidad que se esfuerza por mantener vigente, advierte que en tal  estado de alerta se encuentra la posibilidad de salvación. Si el hombre permanece indiferente y pusilánime ante la devastación, y pierde la cualidad de asombrarse se extinguirá relegado al exterminio. Se trata de una dramática excursión hacia el interior de sí mismo, en cuyo viaje lleno de incertidumbre este  personaje desolado se hace acompañar del más fiel de los fieles, un inteligente perro Labrador.
El personaje se desplazará por el espacio en ruinas de una expedición que no es contra nadie, sino más bien un peregrinaje a la nada. El asombro en el centro del abandono.
 El libro se constituye en la bella  voz en sordina, en el precioso murmullo de lo que ocurre en el  alma del hombre, un ejercicio destinado a transparentar el monólogo del personaje que no sabe qué hacer con su vida prestada, abrumado por el mítico temor ancestral de ser tal vez el último y solitario habitante de la tierra.
Incluso el pasado del sobreviviente ha sido borrado por el cataclismo. A ratos, lamparazos de lucidez lo llevan a recordar un episodio de su vida pasada cuando “tuvo deseos de correr y de saltar y de correr como cuando lo hacía con su hija o sus sobrinos pequeños. Escuchó sus risas alegres”.
El hombre alucinado sufre el acoso de fantasmas y figuras incorpóreas. Este hecho me lleva a conjeturar si antes del cataclismo, en su vida normal, no eran asimismo fantasmas los dibujos de los seres con los que se enfrentaba a diario en su vida de monótona rutina, en su vida sin asombro.
El libro está construido con una prosa inteligente, de una estética insuperable, de manera que nos provoca placer su lectura, conceptualmente provocativa, llena de connotaciones, de atisbos múltiples, de pequeñas señales que provienen de un alma caótica.
Quienes hemos vivido momentos de horror, y pertenecemos a esa generación del acontecimiento súbito y devastador, no podremos resistir la tentación de recordar las derivaciones de ansiedades, insomnios y alucinaciones que causó en la psiquis de millones de ciudadanos  el 11 de setiembre de 1973. En la novela, por ejemplo,  el torrente de un río acusa la presencia de cadáveres humanos y estertores de caballos. Pero este es un asunto al que podemos prestarle atención en otra oportunidad.
La búsqueda terca de una salida al mundo real desde el espacio desintegrado  sume al personaje en un delirio, en un estado de somnolencia y pesadillas, fenómenos que no le impide asumir también la responsabilidad  sobre la salvación del perro.
El terremoto es pues, según mi parecer, un pretexto para la exposición del estado alienante del hombre actual, de los acontecimientos y depredaciones irresponsables que amenazan con llevarnos a la aniquilación definitiva. En el capítulo 9, leemos: “¿Cuánto hacía que la ciudad cobijaba a todos por igual, que los niños iban a las guarderías o a las escuelas y los hombres labraban la tierra o las mujeres tejían telares que después vendían en las ferias? ¿Era un hecho excepcional, o el mundo se había bestializado de golpe?”
La destrucción de cuanto lo rodea, lo lleva a experimentar el duelo que le provoca la pérdida de los objetos, el valor afectivo de las cosas que la misma rutina de la vida diaria no le permitía apreciar.  Y este es el asombro mayor, el descubrir el sentido y el valor de las cosas y objetos sencillos, como entes autónomos y valiosos que encierran significados vitales. A partir de las formas de un mueble, el personaje entiende por fin por qué los pintores son tan dados a pintar sillas ¿Piensa en Van Gogh y sus crisis mentales?
Menciono otro botón de las numerosas claves de la novela. “Los dedos tantearon al azar la estantería de libros. Apretando las uñas del índice y el pulgar, extrajo uno cualquiera, aunque no lo pudo hojear. Acercó los ojos cuanto pudo para ver cuál había sido la elección. Lo único que alcanzó a distinguir fue la letra K en el borde superior”.
 ¿Reminiscencias que se corresponden con el solitario Franz Kafka?
La palabra asombro —nos dice el diccionario—deriva de sombra. Su significado evolucionó desde el originario ‘espantarse las caballerías por la aparición de una sombra’ hasta espantarse, sorprenderse, en general”.
Esta excelente novela admite, como he dicho, diversas y muy variadas interpretaciones. Por consiguiente, podemos preguntarnos: ¿No caen las sombras sobre las ciudades, y sobre los campos, extorsionando y enfermando las mentes en una estrategia solapada y más dañina que los hechos aciagos del día sábado 10 de febrero de 2010 a las 3:34:08 ? De la misma forma que en la tierra, ocurren también en nosotros sismos imperceptibles que van socavando el respeto que deberíamos guardar por la vida nuestra y por la vida de los otros. ¿Nos hemos preguntado cuántos zombis caminan por nuestras calles, carentes de voluntad, sobrevivientes no solo de las condiciones de vida que la evolución alocada de la sociedad le impone, sino también víctimas de la fatalidad natural que nos amenaza con enfermedades y muerte? Pero vamos muy de prisa, y no nos percatamos del grave fenómeno. En cambio, la literatura, que escarba más allá de la apariencia y que posee una lente poderosa, descubre las más mínimas pequeñeces, nos brinda esta oportunidad de conciencia y revelación. Nuestro personaje no tiene prisa. Se desplaza paso a paso por lo asombrosamente desconocido, de pronto buscando un claro  en el paisaje de su alma abrumada.
El personaje está consciente de que no debe dejarse abatir y sumirse en la pasividad resignada. Creo que la gente no aprecia cuán feliz se es escuchando cuando los demás hablan, cuando los demás cantan o imprecan. Por eso, el desconcierto del personaje es mayor, porque han desaparecido los ruidos de la existencia, devorados por el apetito insaciable de la destrucción la noche fatídica del verano del 2010. Pero él y su perro continuarán la travesía de la angustia, hasta dar con un bosque tupido que también les obstruye el futuro, el avanzar y el ver.
La habilidad de Juan Mihovilovich para sostener una novela en la que a ratos desaparece el espacio y el tiempo, circunscrita al minucioso acontecer interior, al asombrado acontecer interior del sobreviviente y su perro, es notable. Además, por la belleza y precisión de la forma. Los ladrillos de esta gran construcción literaria son las palabras bien asentadas, de tal manera que dispuestas en el discurso narrativo con inteligencia y gran sentido estético, hacen del todo una gran novela.
Debo reconocer, finalmente, que nos encontramos frente a uno de los escritores  chilenos de  excelencia. Presiento que esta pública afirmación incomoda a Juan. Pero mucho más me incomodaría a mí callarlo.