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CARLOS OLIVÁREZ

En 1971 se publica en Santiago Concentración de bicicletas, un libro firmado por Carlos Olivárez, el joven escritor que pocos años atrás había llegado desde La Unión a la capital, con la intención de “bailar en la pista literaria”, según declararía en una entrevista con el crítico Mariano Aguirre. Admirado por sus pares, los jóvenes lectores de su tiempo no demoran en acoger con entusiasmo los siete cuentos que componen el libro. Les atrae el tono suelto, innovador y provocativo de las historias y el afán rupturista del mexicano José Agustín, escritor que hizo las delicias de los escritores agrupados por algunos críticos en la generación del 70, también conocidos como los Novísimos. La mente brillante la de Carlos Olivárez se hace notar también en las agencias de publicidad donde trabajó llevando a cabo los proyectos más exigentes con imaginación y saltos audaces.
En Concentración de bicicletas, Olivárez se sirve de un estilo parco, centrado más en las ideas que en la ampulosidad de la forma. Cada una de su frases conlleva la intención de retratar el entorno perturbador de la urbe en la que viven los jóvenes de los años sesenta, cómo piensan y se divierten, cómo sueñan. Desde este punto de vista, el libro es un agente revelador de una época importante del Chile que pocos años después viviría hechos traumáticos.
Era un enamorado de la vida. Disfrutaba de cada detalle que solía conectarlo con su noción de ser viviente.
Su carácter cuestionador y provocativo queda de manifiesto cuando al periodista Antonio Martínez, le confiesa: “No me fui de Chile (durante la dictadura) por flojera, había que hacer muchos trámites y me casé… tal vez fue la flojera, o bien por llevar la contra. No me fui cuando todos se fueron; me casé cuando todos se divorciaban, tuve hijos mientras estaba cesante”1.
Absorbe los hechos cotidianos, muchas veces nimios, y los enaltece. Hoy, cuarenta años después de la publicación de los relatos reunidos en “Concentración de bicicletas”, cuando el país ha celebrado doscientos años de vida independiente, sus páginas ayudan al siempre provechoso ejercicio de evocar el pasado, a reunir los granitos de arena que constituyen nuestra inasible identidad. Sus historias nos revelan, por ejemplo, la hiperbólica admiración de los hombres de la época por los trajes de la afamada marca Scappini; la devoción por los Beattles, por el ciclista Jacques Anquetil, por Garrincha, Peter Sellers y las papas Chips. Los jóvenes amantes intercambian caricias en los cines Ducal, Huérfanos y Marconi. Y bailan en el Topsi-Topsi. Están presentes en sus páginas actores como Paul Newmann y Marlon Brando, y se oye el eco de las canciones interpretadas por Gilbert Becaud, los Bric a Brac, el Clan 91, Sandro o Bert Kaempfer. Vibran los discursos pronunciados por Bosco Parra o Gladys Marín, Fidel o el Ché. El televisor ofrece al atardecer Misión Imposible, restándole valiosos momentos al diálogo familiar, y en cuestiones de salud, preocupa la fiebre de Hong Kong. Nada escapa al ojo de Carlos Olivárez, un rastreador de la vida.
Autor de un segundo libro de cuentos, Combustión interna, en 1988 ejerce de compilador y logra publicar Los veteranos del 70, con presencia inusitadamente equilibrada de 21 narradores y 21 poetas. También se ocupa de la Nueva Narrativa Chilena (1977); en Antofagasta durante el ejercicio de una beca se le ocurre reunir a los poetas de la región, y los publica. Con Ramón Díaz Eterovic dan vida a New York 11, un libro que asegura posteridad a los singulares parroquianos del mítico restaurante La unión chica. La Editorial Los Andes publicó en 1993 su libro Conversaciones con Jorge Teillier.
Fue crítico literario de la revistas Onda, Ahora, Quinta Rueda; jefe de redacción de la revista Ojo, circunscrita al cine, y director del Suplemento literario, del diario La Época. En la revista Ramona realizó crítica literaria y entrevistas a escritores. También, redactor creativo en agencias de publicidad y fue autor del guión Pepe Donoso, un documental que ganó el Premio de la Crítica.
“Su especialidad –dice el escritor Darío Osses– son los seres marginales, solitarios, vapuleados, ansiosos, levemente nostálgicos y autodestructivos. Frecuentemente beben en exceso, fuman como chime-neas y sangran copiosamente”.
El cierre del diario La Época, a cuyo suplemento literario consagró todas sus energías, le produjo un enorme dolor. Desde entonces, su salud comienza a resentirse.
Por lo someramente dicho, Concentración de Bicicletas es un libro que con toda propiedad debe integrar el selecto grupo de las obras de literatura que conforman el patrimonio nacional. Su autor, fallecido en 1999, que durante un tiempo subsistió vendiendo pescado, locos y erizos en el Mercado Central, conocía la vida como pocos y la traspasó en detalle a las páginas de su escasa y muy exigente obra, utilizando a veces ritmos de rock o el espíritu de hippies encorbatados, amantes devotos de las mujeres y sus faldas “plato”. Y, por supuesto, con talento y brillantez.
Fernando Jerez
e Carlos Olivárez